Paulo Freire y comunicarnos para crearnos

Por Alice Socorro Peña Maldonado

Imagen4Existir, humanamente, es pronunciar el mundo, es transformarlo. Nacemos capacitados para el quehacer, diferentes a los animales, seres de mero hacer. “Los animales no admiran el mundo, están inmersos en él. Por el contrario, los seres humanos, como seres del quehacer “emergen” del mundo y objetivándolo pueden reconocerlo y transformarlo con su acción” (Freire, 2000, p.157).

Esta transformación se realiza a través de la comunicación mediada por la corporeidad, la temporalidad y el conocimiento como fruto colectivo.

En cuanto a la comunicación mediada por la corporeidad, “el ser humano requiere de su ser corpóreo para estar en el mundo y en relación con los demás. Ambas situaciones posibilitan la toma de conciencia de su ser y del mundo” (Freire, 1998, p.88). Este cuerpo consciente lo constituye el ser vital para admirar el mundo, en el sentido de objetivarlo, aprehenderlo. Como campo de acción y reflexión está constituido para el diálogo y no para el aislamiento (Freire, 1998, p.33). Su capacidad de ver, escuchar, hablar, sentir, desear, reflexionar y actuar remite a una corporeidad única e integrada. No obstante, “sometido a condiciones concretas de opresión en las que se enajena, donde se transforma en un ser para otros, el ser humano debe superar esta contradicción para transformarse en un ser para sí” (Freire, 2000, p.207), elemento clave del diálogo.

En referencia a la temporalidad, los seres humanos con su quehacer transformador de la realidad objetiva, crean historia. Lo contrario del animal, los hombres pueden tridimensionalizar el tiempo  (pasado – presente – futuro). Entendiéndose éstos como espacios históricos en una continuidad, que acontece por la acción de las generaciones (que nacen, viven, experimentan, actúan, mueren y son sustituidas por otras generaciones). “Ayer, hoy y mañana, no son secciones cerradas en el tiempo” (Freire, 2000, p.119), de ser así desaparecería esta condición fundamental. Comprender esta continuidad permite temporalizar el espacio, no como una presencia maciza a la cual hay que adaptarse, sino que se revela como campo, que va tomando forma en la medida de la acción humana (Freire, 2000, p.107).

Adaptarse a la historia y no actuar en ella es reforzar una conducta que divide al hombre en un yo pasado y presente iguales y un futuro sin esperanza que, en el fondo, no existe. Un yo que no se reconoce siendo, y por esto no puede tener, en lo que todavía ve, el futuro que debe construir en unión con otros (Freire, 2000, p.224).

El factor temporalidad permite reconocer en la historia la existencia de un proceso en el tiempo mismo de los hombres donde el pasado ha hecho posible el presente y este hace posible el futuro: el hombre no es sólo lo que es, sino también lo que fue. Por eso, podemos hablar de conciencia histórica, que es conciencia reflexiva de su estar en el mundo. De esta forma hay una solidaridad entre el presente y el pasado, donde el primero apunta hacia el futuro, en el cuadro de la continuidad histórica. No hay fronteras rígidas en el tiempo, cuyas unidades espaciales, en cierta forma, se interpenetran (Freire, 1998, p.68).

En este sentido, el tiempo tiene una importancia en el proceso de la comunicación humana. En el caso del diálogo, para muchos puede resultar una pérdida, cuando se buscan resultados inmediatos y ante la urgencia de dar respuestas cónsonas a las necesidades. Si la ausencia de diálogo es una vía rápida, no es menos cierto que el diálogo crea mejores condiciones sustentables y sostenidas en el tiempo (Freire, 1998, p.48). Aunque no se puede ser ingenuo en cuanto a la exigencia de responder oportunamente a las situaciones humanas, hay que advertir que los cambios obtenidos sobre la transformación del entorno, resultan de las relaciones hombre-espacio histórico cultural, y esto es posible con el diálogo, donde estas se construyen sobre el propósito de transformar. El uso del tiempo para el diálogo, que problematiza y critica, inserta al hombre y a la mujer en su realidad como verdaderos sujetos de transformación (Freire, 1998, p.55).

Este diálogo que permite la construcción de las relaciones, además, produce conocimiento ante nuevas situaciones y realidades que surgen en la historia.

El conocimiento resultante “del quehacer colectivo, reclama de los dialogantes una actitud de búsqueda, de observación y de investigación frente al mundo, no sin antes preguntar e indagar sobre sí mismos” (Freire, 1998, p.88). “Demanda la reflexión crítica, el aprendizaje permanente, la invención y reinvención de las cosas” (Freire, 1998, p.26-28, 58). “No es el conocimiento estático que se transfiere al otro, como si se tratara de un depósito, no es el discurso de los eruditos, llenos de citas. Es mas bien el resultado del diálogo que parte de problematizar la realidad que se presenta retadora” (Freire, 1998, p.61) Plantear la realidad como un problema significa proponerles que admiren críticamente, en una operación totalizada su acción y la de los otros sobre el mundo. Los hombres en su proceso, como sujetos de conocimiento, y no como receptores de un “conocimiento” que otro u otros le donan o le prescriben, van ganando la razón de la realidad.

Ésta a su vez, y por esto mismo, se le va revelando como un mundo de desafíos y posibilidades, de determinismos y de libertad, de negación y afirmación de su humanidad, de permanencia y de transformación, de valor y cobardía, de espera, en la esperanza de la búsqueda, y de espera sin esperanza, en la inacción fatalista (Freire, 1998, p.97).

Aunque la toma de conciencia de las cosas no constituye un saber cabal, ya que pertenece a la esfera de la mera opinión “doxa”, esta etapa hay que superarla para que se tenga acceso al conocimiento “logos” (Freire, 1998, p.93). El diálogo que no traspase esta frontera no tiene ni tendrá fuerza de transformación sobre la realidad.

Y adquirirá esa fuerza cuando en la dinámica del diálogo que busca crear conocimiento, se conciban los temas y contenidos de la realidad problematizada y su consecuente acción – reflexión (Freire, 1998, p.102).

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