Paulo Freire y su Teoría de Acción Antidialógica

Por Alice Socorro Peña Maldonado

Imagen5Luego de revisado la concepción de Freire en torno al “ser más” como vocación del ser humano, se estudiará la acción antidialógica, como teoría que fundamenta en ideas y acciones el ser menos. “Los actores tienen como objetos de su acción la realidad  y los oprimidos, simultáneamente; y, como objetivo, el sostenimiento de la opresión, por medio del mantenimiento de la realidad opresora” (Freire, 2000, p.172).

Características de la acción antidialógica.

La primera es la necesidad de conquista, a través de múltiples formas, desde las más triviales hasta las sofisticadas. Desde las más represivas hasta las farsantes. Todo acto de conquista implica un sujeto que conquista, y un objeto conquistado. El sujeto determina sus finalidades al objeto conquistado y suprime en éste su forma, porque al introyectarla, se transforma en un ser ambiguo, un ser que “aloja” en sí al otro.

Ésta es una acción antidialógica, pues para llevarla a cabo el opresor no dialoga, se impone, robando y negando al oprimido su palabra, su expresividad, su cultura. El mismo antidiálogo se torna indispensable para su mantenimiento. Este deseo y necesidad de conquista es un elemento que acompaña la acción antidialógica. La conquista va in crescendo cuando el opresor se esfuerza por impedir a los hombres el desarrollo de su condición de “admirar” el mundo. De allí que impone los mitos para alienar al oprimido y hacerlos pasivos frente a un mundo que no es presentado como problema. El opresor intenta convertir al oprimido en un mero espectador del mundo, al que hay que ajustarse y adaptarse. El objetivo es llegar a las masas oprimidas y no quedar en ellas. Dicha aproximación se hace desde arriba pues es indispensable mantener el estado actual.

Entre los mitos, tenemos que el orden opresor es un orden de libertad y de derechos. Libertad para tener su propio jefe, para ser empresario, para consumir e ir a donde desea. El mito de la igualdad de clases donde todos tienen oportunidad menos el “perezoso” todos tienen derechos. El mito del heroísmo de los pobres. El mito de la dadiva y del asistencialismo. El mito de las élites dominadoras como las salvadoras del pueblo, debiendo este agradecer lo que hacen éstas por ellas. El mito de la rebelión y la subversión de lo establecido como algo que contradice la ley de Dios. El mito de la propiedad privada como fundamento del desarrollo humano, en tanto se considere como personas humanas sólo a los opresores. El mito de la dinamicidad de los opresores y de la pereza y falta de honradez de los pobres. El mito de la inferioridad ontológica de éstos y el de la superioridad de los ricos. El mito de clase productora y no opresora.

Todos estos mitos que Freire logra determinar en la década del sesenta y que hoy tienen formas y términos diferentes,  hacen que las masas sean conquistadas con facilidad y sin darse cuenta. No es una conquista frontal. “Si bien es cierto que los contenidos y los métodos de la conquista varían históricamente, lo que no cambia, en tanto existe la élite dominadora, es este anhelo de apropiarse de lo que no es suyo” (Freire, 2000, p.179-180).

Una segunda característica de la teoría del antidiálogo es la división. En la medida en que las minorías someten a las mayorías es indispensable para la continuidad de su poder, dividirlas. Aceptar la unificación de las masas resulta una amenaza seria para su hegemonía. La palabra unidad, organización y lucha son consideradas peligrosas. Aislarlos, debilitarlos y profundizar sus divisiones a través de diversos métodos y procedimientos. Por ejemplo, en lugar de la adquisición de una conciencia crítica de la realidad como totalidad, los oprimidos son manipulados a disponer de una visión parcial de los problemas sin relación con el todo, o de la preocupación por el todo sin relación con las partes o mediante la capacitación de líderes en quienes se promueven intereses y valores ajenos a la realidad en la que están inmersos, convirtiéndose en extraños o agentes de dominación. 

En esta división se maniobra para que se nieguen los conflictos entre las clases sociales, se habla de la necesidad de comprensión, de armonía. Armonía que en el fondo es imposible, dado el antagonismo indisfrazable existente entre una clase y otra. Mas esa armonía sólo es posible en la de los opresores entre sí. Éstos, aunque divergiendo e incluso, en ciertas ocasiones, luchando por intereses de grupos, se unifiquen, inmediatamente frente a una amenaza a su clase.

De la misma forma, la armonía del oprimido sólo será posible entre sus miembros tras la búsqueda de su liberación. Unificados y organizados harán de su debilidad una fuerza transformadora, con la cual podrán recrear el mundo, haciéndolo más humano.

El dividir para mantener el statu quo se impone, pues, como un objetivo de la teoría de la acción dominadora antidialógica. En este panorama los dominadores pretenden aparecer como salvadores de los hombres a quienes deshumanizan. Pero lo que realmente intentan es salvarse a sí mismos, defendiendo sus riquezas, su poder, su estilo de vida, con los cuales aplastan a los demás.

Otra manera de dividir es que los oprimidos no perciban claramente las reglas de juego. Que ellos se sientan defendidos y no manejados. En este sentido, se promocionan a sí mismos como protectores mientras que los que buscan la liberación los tildan de enemigos, traidores y los satanizan (Freire, 2000, p.180).

La tercera característica de la teoría de la acción antidialógica es la manipulación. Es otro instrumento de conquista al igual que la división. Las personas inmaduras política y culturalmente son las más susceptibles de ser manipuladas. La manipulación aparece como una necesidad imperiosa de las élites dominadoras con el objeto de conseguir el apoyo de los oprimidos. Esta manipulación se hace con una serie de engaños y promesas, con la farsa de los mitos que impone el sistema, como por ejemplo, la posibilidad de ascenso y movilidad social así como el apetito de éxito personal.

A través de la manipulación se anestesian las masas para que no piensen, para que se distraigan y se desvíen de las verdaderas causas de sus problemas, así como de la solución concreta de los mismos. Fraccionándolas en una única expectativa, la de “recibir más”. No lograr esto, es permitir que reflexionen sobre su realidad y, por tanto, revertir tarde o temprano el orden establecido.

Sin embargo, surte en esta acción manipuladora un momento positivo, cual es el que los individuos asistidos desean, indefinidamente, más y más, y los no asistidos, frente al ejemplo de los que lo son, buscan la forma de ser igualmente asistidos. Pero las élites dominadoras no pudiendo dar ayuda a todos, terminan por aumentar en mayor grado la inquietud de las multitudes.

Resulta innecesaria la manipulación cuando los oprimidos están sumergidos en las creencias que promueve los opresores (Freire, 2000, p.188-194).

Finalmente como cuarta característica de la Teoría de la acción antidialógica encontramos la invasión cultural. Así como las anteriores todas le sirven a la conquista. El sujeto, autor y actor del proceso es el invasor, en cambio, los invadidos sus objetos. El invasor actúa y los invadidos tienen la ilusión de que actúan.

Ignorando las potencialidades del ser que condiciona, irrespetando sus particularidades, la invasión cultural impone su visión y sus valores y penetra en el contexto cultural, frenando su creatividad, inhibiendo su expansión.

Discreta o abiertamente, la invasión cultural es una forma de violencia, pues la cultura invadida se ve amenazada o definitivamente pierde su originalidad. El invasor se muestra como amigo y salvador del invadido. Esta puede darse de una sociedad a otra o de una clase social a otra.

Esta invasión conduce a la inautenticidad del ser de los invadidos, al encuadrarlos en sus patrones y modos de vida. De allí que los invadidos ven su propia realidad con la óptica del invasor. Sólo se interesan por conocer el mundo de los individuos a objeto de dominarlos cada vez más y afinar los medios y contenidos programáticos de ideologización. Es condición básica para el éxito de la invasión cultural que los invadidos se convenzan de su inferioridad intrínseca para poder reconocer la superioridad del invasor. Para ellos es fundamental la premisa “no hay nada que tenga su contrario”. Ellos se apoyan en ella. Este instrumento de dominación es deliberado, volitivo y programado, y busca concretarse en las estructuras sociales. Familia, educación, empresas públicas y privadas no pueden escapar a sus influencias. Mas aún se convierten en estructuras promotoras de la visión y valores del invasor, donde su principal precepto es el de no pensar.

Mientras más se acentúa la invasión, alienado el ser de la cultura de los invadidos, mayor es el deseo de éstos por parecerse a aquellos: andar como aquellos, vestir a su manera, hablar a su modo, imitarlos en todo. Esta dualidad explica a los invadidos y dominados, en cierto momento de su experiencia existencial, como un yo casi adherido al tú opresor (Freire, 2000, p.195-215).

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